La Orden de Isawa

Destino Final

El Destino de Otosan Uchi estaba en nuestras manos?
Era realmente espeluznante el panorama que se nos presentaba en aquel aciago día.
Las tropas del Imperio Senpet por el oeste, una hueste de gaijin desde el mar por el Este y nuestros más viejos y temibles enemigos de las Tierras Sombrías desde el Sur. Ese día sería el Día. A partir de hoy…

Mirumoto-san en el Este, Raigi-sama en el Sur y yo en el Oeste. Cada uno teníamos nuestros propios problemas y enemigos a los que enfrentarnos y aún no conocíamos al completo las capacidades de nuestras recién adquiridas armas. A duras penas derrotamos nuestra facción de enemigos. Es hora de enfrentarse a lo más temible.
Reforzar las defensas de la muralla Sur, reagrupar las tropas en esa zona. Lo que se nos viene encima es un ejército de no-muertos, cadáveres salidos de cada tumba, campo de batalla entre las Tierras Cangrejo y Otosan-Uchi. Un arco, necesito un arco. Nada va tan mal que no pueda empeorar. Los muertos caen y se levantan de nuevo. Nuestros propios compañeros de armas caídos honorablemente en la batalla son profanados por la malévola Voluntad del Marionetista y se levantan para lucha contra nosotros.
Fuego, el fuego purifica, el fuego consume, el fuego destruye.
Mando un mensajero a las murallas. Tienen que reunir todo líquido inflamable que encuentren y lanzarlo desde las murallas sobre la marea de cadáveres que se agolpan a sus pies. Deben quemar a los muertos y a los no-muertos.
Es inútil, siguen llegando más y más, no parecen tener fin. Más numerosos que las almas del Jingoku…
Allá a lo lejos, una sombra en el Cielo, un vórtice corrupto absorbe las almas de los caídos y las devuelve a los cadáveres sin voluntad. Bajo el vórtice una figura vestida de blanco envuelta en un aura ponzoñosa, Iuchiban.Iuchiban 2
Mi corazón se detiene por un momento. Iuchiban! Y esta vez no tenemos la ayuda de los Kamis. Gritando de rabia me enfrento al mago. Aunque mis golpes le causan unas leves heridas mi cuerpo reciba multiplicado el daño.
Raigi-sama se une a nosotros e invoca a un ejército desde el Yomi.
No somos lo bastante buenos, no somos lo bastante fuertes. Nuestros cuerpos no nos obedecen. Ahora el marionetista nos controla. Luchamos entre nosotros. Es el fin! El dolor, creí que morir sería más doloroso. No duele, no siento nada. Al fin podré descansar. Al fin podré estar con…

Nuevamente en pie. Siento una nueva energía dentro de mí, el tercer sello de la espada ha sido traspasado, siento el poder que emana el arma envolverme como un viento cálido, como una suave luz. Listos de nuevo para luchar. Mirumoto-san ataca. Iuchiban me mira y un escalofrío recorre mi espalda. No me puedo mover, cientos de garras negras apresan mi cuerpo, sus uñas lacerantes desgarrando mi carne. Cuantas veces más tendremos que morir para librar al mundo de esta alimaña???
El vórtice sobre su cabeza enmarca ahora una figura totalmente cubierta por una armadura roja y negra. No, es sangre, sangre reseca y fresca. Qué nueva amenaza se acerca? Mientras, los ataques de Mirumoto-san y la fuerza de Raigi-sama debilitan y por fin derrotan a Iuchiban. El vórtice se cierra justo a tiempo, el demonio de rojo queda encerrado de nuevo en el Jingoku. Los no-muertos caen al suelo cuando las almas robadas vuelven al Yomi a través del portal de Raigi-sama. Él mismo, debilitado por el esfuerzo no es más que un espíritu de nuevo y se despide. El portal al Yomi se cierra dejando un destello tras de sí, un cometa, una estrella fugaz. Es hora de regresar a la fortaleza.

El Bayushi y el Kakita están organizando el desorden tras la batalla. Malditos sean! No quieren restaurar al Emperador en el trono. Piensan Gobernar con un Consejo de Clanes. Al menos han accedido a restaurarlos. No pienso discutir con ellos. Estoy tan cansada. Estoy tan vacía. Desde que volvimos a la Fortaleza después de la victoria no he vuelto a ver a Mirumoto-san. Dicen que ha vuelto a su casa, al menos a las tierras de la que fue su familia. Y yo? Dónde debo ir yo?
Bueno, solo me queda una cosa por hacer. Busco a un mayordomo para que me ayude con los preparativos para incinerar el cuerpo de Seppun-sama.
Entro en la estancia, tranquila y silenciosa, alejada de todo el bullicio que reina en el palacio. Por las ventanas abiertas entra una brisa cargada del olor de las hogueras funerarias. El ataúd de cristal brilla con el sol de la tarde. Cierro los ojos y me acerco a tientas para ver… Vacío! Qué..?
Me doy la vuelta para pedir ayuda y allí está, de pie, mirándome con la espada de la tumba al cinto. No puedo leer su expresión, la cabeza me da vueltas, siento una presión en el pecho, no puedo respirar…
- Tú! –exclamé cuando por fin pude articular palabra-. Tú! –boqueando como un pez fuera del agua.
No podía dejar de pensar en la crueldad de los Dioses que me daban y quitaban a su antojo sin yo saber cómo ni por qué razón.
Me acerqué despacio, me temblaban las piernas, la habitación se balanceaba borracha en un mar de emociones contradictorias.
“Estaba vivo!”
“Cómo es posible que estuviera vivo?”
“Había estado muerto?”
Cuando Raigi-sama me trajo a esta sala, había sido tal mi turbación y desespero por salir de allí que ni siquiera lo comprobé.
Comprobarlo?! Quién, en esa situación, se habría detenido a comprobarlo?
Lo había visto entrar, sabía que estaba aún dentro cuando salí. El Guardián confirmó mis temores, Raigi-sama habló del “cuerpo”, estaba asustada, cansada y herida más allá de lo que creí nunca posible. Sólo me quedaba mantener la compostura y para ello debía salir de la sala cuanto antes, así que, cómo iba siquiera a pensar en comprobar si estaba muerto?
Pero allí estaba, a menos de un metro de mí. Sólo tenía que alargar el brazo, tocarlo.
No me atrevía a mirar su rostro, tenía miedo que fuera un engaño, una ilusión.
Mi mano extendida se detuvo a escasos centímetros de su pecho y mis dedos se encogieron de temor. Lágrimas de frustración amenazaban desbordar mis ojos. Maldito llanto!
No era capaz de obligar a mi mano que siguiera avanzando, a mis dedos que tocaran su figura. Cuando sentí su mano cerrarse alrededor de mis dedos fue como si una compuerta se hubiera abierto y el torrente de emociones que me abrumaba saliera a borbotones, como una tromba que amenazaba ahogarme, arrastrarme con ella.
Me atrajo hacía él y me rodeó estrechamente con sus brazos, como si temiera que la intensidad de mi pena y la fuerza de mis sollozos me fueran a arrancar de su regazo. El calor y la ternura de su gesto no hacían sino aumentar mi pesar, mi angustia, mi tristeza, como si no me sintiera merecedora de ese cariño. Me estrechaba tan fuerte contra su pecho que no podía respirar, sentí que perdía la consciencia.
Respuestas, necesitaba respuestas. Hice acopio de voluntad y me aparté del refugio de sus brazos.
- No! Cómo … cómo es posible? Creía que estabas muerto! No saliste de la Tumba de las Espadas. El Guardián … el Guardián dijo … – sacudí la cabeza-. Qué ha pasado?
Palmeó la tsuka de su espada.
- La espada. Es la llamada “Fénix”. Devuelve el alma a mi cuerpo – levantó una mano pidiendo mi atención-. No tengo claro como funciona, solo conozco el resultado, lo que ves.
Suspiré, más tranquila. Al parecer todo había terminado mejor de lo que había esperado.
- Bueno, parece que las cosas comienzan a arreglarse. Los clanes van a ser restaurados. No hay forma de que restauren al Emperador, parece que no ha sobrevivido nadie de sangre imperial. He intentado convencerles, pero no he sido capaz – dije apretando los puños con furia-. Yo no puedo hacer nada mas – continué con resignación-. Creo que voy a volver a casa y, me preguntaba si me acompañarías.
- Iré donde tú vayas, el tiempo que tú quieras. Te protegeré con mi vida, como he hecho hasta ahora.
Aquellas palabras, en lugar de complacerme o conmoverme, me irritaban.
- Shiro-san – dije tratando de mostrarme calmada-, lo dije antes y lo repito ahora. Sea cual fuere el juramento que te ataba a mi o a tu señor, ya no es válido, ni necesario. Tu honor está a salvo. Aquellos que tenían tu palabra murieron hace mucho tiempo. Te lo he preguntado porque quiero que, hagas lo que hagas, sea por devoción, no por obligación. Es que aún no lo entiendes?
Cómo podía decirle que lo amaba sin ponerme en evidencia aún mas.
Serio, como de costumbre, se acercó a mi y poniendo su mano en mi mejilla me miró a los ojos y me dijo:
- Eres tú la que no entiende. Mi nombre no es Seppun Shiro, mi nombre es Miya Taisei y te amo desde el día que te vi en los jardines de tu padre hace cinco años. Te he seguido y protegido, y te seguiré y protegeré a dónde quiera que vayas, por el tiempo que desees, hasta que consientas en ser mi esposa.
Y, con una ternura en su mirada que mi corazón había captado inconscientemente en otras ocasiones, se inclinó sobre mi y me besó.
Y mi corazón cantó y el suyo lo escuchó y sentí que había vuelto al hogar, porque donde quiera que estuvieramos juntos sería nuestro hogar.

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Uriel_ umerue

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